Los “Haters” nacen en nuestra familia

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Ana Mercy Otáñez G.

Santo Domingo

No es en las redes sociales donde lidiamos con nuestros más duros “Haters” es en nuestra familia. Aunque parezca doloroso e increíble lo que aquí planteo es la realidad.

Es en nuestro entorno donde nos tachan, recibimos los primeros ataques, sobre nombres,  es ahí donde nos minimizan o nos descalifican, y esto pasa con y sin intención.

Hasta hace poco no teníamos idea de la “crianza consciente”, ni de técnica y términos de la educación moderna, tampoco del valor de la estimulación temprana y el formar personas confianza en sí mismos.

Nuestra generación (quienes estamos entre los 45 y los 65 años) aun en los casos de los padres que hayan tenido acceso a capacitarse, fuimos criados de la misma manera que nuestros progenitores, con tapujos, falsas creencias, costumbres y tradiciones que el tiempo, hoy se ha llevado.

Nuestros antecesores no tuvieron la oportunidad de prepararse para educarnos con un estilo propio, simplemente siguieron patrones que inducían a maltratos e imposiciones.

Algunos tuvieron éxitos, hay hombres y mujeres admirables de esos tiempos, que han trascendido sin importar los traumas que llevan en sus entrañas; la gran mayoría son personas con graves lesiones, solitarias, tristes, amargadas y depresivas, que no se aman ni ellos mismos.

Esas experiencias han ido cambiando, ahora hay recursos y herramientas para implementar una crianza consciente, que funciona mucho mejor que las teorías vacías, revestidas de consejos que no rigieron, sin ser coherentes ni saber ser  ejemplo. Y aun así, en estos tiempos, predominan los ataques.

¡Vivamos!

 A veces dejamos de vivir, y nos limitamos por temor a las opiniones de los demás. Wayne Dyer en su libro “Tus zonas erróneas” dice, “la muerte siempre está caminando con nosotros,” Entonces, ¿Cuánto hemos dejado de vivir por miedo a lo que digan los demás?

En realidad, la vida no se trata de eso, lo ideal es ir tras nuestros anhelos, vivir bajo nuestro concepto y reglas sin imposiciones. No hay que esperar la madurez para tener la libertad de escoger lo que queremos en nuestra vida, al tiempo de sacar lo que no queremos.

El trayecto puede ser opuesto, pero es nuestra elección y el bienestar es lo que vale. La vida es muy corta para vivirla complaciendo a otros. ¡Vivamos! Sin el empeño de diseñar un lejano futuro al que quizás nunca lleguemos. Disfrutemos del presente, es lo único que tenemos.

Cada quien debe escribir su propia melodía de alegría y satisfacción que lo lleven hasta la felicidad, debemos escoger el ritmo y la velocidad como queremos bailar, sin que sea una preocupación si nuestra familia o nuestro entorno saben danzar o no…

¡Con Dios!

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